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| 1. El Císter en Málaga |
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El 21 de Marzo de 1098, Roberto, abad de la abadía
benedictina de Molesmes, funda en el bosque de Citeaux, en las proximidades de
Dijon, una nueva Comunidad. La finalidad que anima el espíritu del fundador y la
veintena de monjes que lo acompañan en esta empresa no es otra que la de
regresar a una observancia más estricta de la Regla, a diferencia de la
relajación de costumbres al uso en los monasterios de la época.
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Pese a la redacción de la Institutio monachorum
cisterciensium en 1101, los inicios de la nueva orden no son nada fáciles. En
esta coyuntura resultará decisiva la labor del futuro San Bernardo, abad del
monasterio de Claraval o Clairvaux entre 1115-1153. Su gestión hará posible el
desarrollo y consolidación del Císter y asentará el prestigio de los "monjes
blancos" en el panorama europeo, gracias a su personalidad enérgica y atrayente.
Entre las medidas reformistas emprendidas por San Bernardo sobresale el cambio
dado al color delhábito, al sustituir el negro de los benedictinos por el blanco
del Císter. Además de aludir a la limpieza espiritual este color también
simbolizaba, a su modo de ver, la pureza de la Virgen.
La presencia del Císter en Málaga
corresponde a la rama femenina de la Orden. En 1597, el obispo Luis García de
Haro adquiere una casa contigua a la parroquia de San Juan para recoger en ella
a trece mujeres, Al serles dado el hábito y profesión de la Orden de Carmelitas
Descalzas, el inmueble es convertido en Convento de Jesús María. A instancias
del nuevo prelado, Juan Alonso de Moscoso, Catalina de Aguirre (luego Catalina
de la Encarnación) lleva a cabo, en 1664, la fundación de la Abadía de Santa Ana
de Recoletas Bernardas del Císter en el citado Convento.
Aunque la nueva fundadora integra en el
Císter a las cuatro monjas carmelitas del primitivo establecimiento, no tardarán
en surgir diferencias de criterio, pues la reforma aspira a dar cabida a monjas
doncellas con dote.
El incremento del numero de religiosas
determina, en 1617, el traslado de la comunidad hasta la plazuela llamada
entonces del Conde y después del Císter, actual y definitivo emplazamiento de la
Abadía. La mudanza no disminuye la tensión, sino más bien dificulta todavía más
la convivencia entre las religiosas cistercienses de Santa Ana y las monjas del
Convento de Jesús María. La solución al conflicto vendrá, en 1650, con la
separación de las religiosas disconformes y la fundación por éstas de un nuevo
Convento con el título de la Encarnación.
El 20 de Enero de 1680, el patrono mayor
del convento, Luis de Valdés,consagra la iglesia de la Abadía cisterciense de
Santa Ana, costeada por él mismo. El edificio, hoy desaparecido, fue construido
por el alarife Miguel de Pérez y el cantero Juan Alonso, realizando la portada
Miguel Meléndez. En 1702, el arquitecto y entallador Felipe de Unzurrúnzaga
contrataba la realización del retablo mayor.
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Suprimido el monasterio del Císter en 1836 a causa de la
Exclaustración, las religiosas se trasladan al de San Bernardo en donde
permanecen durante diecisiete años. En su ausencia, la fachada del inmueble es
demolida y retranqueada, como consecuencia de una reforma urbanística llevada a
cabo, en1853, con intervención de Diego Clavero. El retomo de las religiosas
durante el reinado de Isabel II no se prolonga demasiado. En 1873, la comunidad
es nuevamente expulsada, desamortizado el convento y demolidos sus edificios. En
1876, el Ayuntamiento restituye al Císter la propiedad del solar. Dos años
después, en 1878, se levantan nuevos edificios según un proyecto de Jerónimo
Cuervo.
La última fase de las intervenciones corresponde a los años
ochenta y noventa de nuestro siglo. Subsanar el deterioro del convento,
satisfacer distintas necesidades de ampliación y servicios de la comunidad y la
intención de habilitar espacios amplios para la ubicación definitiva del Museo
de Arte Sacro informan las actuaciones contempladas en el proyecto del
arquitecto Cesar Olano Gurriarán. Con ello, se persigue la integración y
participación activa de la comunidad cisterciense en la vida de la ciudad, sin
romper, por ello, las exigencias de la clausura monástica.
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