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  2. Pedro de Mena y Císter
El Císter en Málaga Museo de arte sacro   3 de 8    Museo Císter Índice

A nadie escapa la importancia del escultor granadino Pedro de Mena y Medrano (1628-1688) en el contexto de la plástica española del siglo XVII. Su presencia en Málaga para concluir la sillería del Coro de la Catedral motivará su establecimiento definitivo en esta ciudad desde 1658, convirtiéndola en un punto de referencia de cierto renombre en el panorama artístico del momento.

La vida de Mena va a permanecer ligada al Císter por varias razones. La primera, por cuestión de simple vecindad, pues la inmediata calle de Afligidos albergará la casa-taller donde el escultor vivirá, trabajará intensamente con sus colaboradores y discípulos y fallecerá. Quizás esta proximidad hizo posible que su relación con el convento fuera cada vez más estrecha, proyectándose hacia el plano personal y familiar.

Pedro de Mena y Medrano: Ecce-Homo (1675)

En 1671, dos hijas del escultor entran en el Convento del Císter. Ambas profesan el 3 de Julio de 1672, adoptando los nombres de Andrea María de la Encarnación y Claudia Juana de la Asunción. En 1676, y con sólo ocho años de edad, ingresa como monja de coro su hermana, Juana Teresa de Mena. Las tres hermanas marchan a Granada, en 1684, donde Andrea y Claudia proceden a fundar el Convento de San Ildefonso del Císter. La profesión religiosa no hizo olvidar a las hijas la formación artística recibida de su padre, quien las habría enseñado a dibujar, tallar y policromar, según demuestran las pequeñas imágenes de vestir de los patriarcas San Benito y San Bernardo que, tradicionalmente, se les viene atribuyendo.

Entre 1675-1676 la vinculación de Pedro de Mena con el Císter se fortalece. Si en su primer testamento de 1666 el escultor y su esposa, Catalina de victoria, disponen su enterramiento en la iglesia del Colegio de Clérigos Menores de Santo Tomás de Aquino, el otorgado en 1675 revoca esta decisión y ordena se haga en la Iglesia de la Abadía de Santa Ana, por entonces aún sin concluir. Sin duda, el escultor buscaba la proximidad de sus hijas para que éstas le tuvieran permanentemente presente en sus oraciones una vez difunto. Un comportamiento que resulta muy significativo de la mentalidad del hombre del Barroco ante la muerte y su obsesión por el más allá y la salvación eterna del alma. Esta idea debió decidirle también a suscribir, en 1676, una carta de patronato por la que instituía una capellanía perpetua de misas a cargo del hijo del escultor José de Mena y, en lo sucesivo, de cualquier sacerdote natural de Málaga. La negativa de la comunidad de religiosas a este proyecto no impidió la entrega y donación de los bustos del Ecce Homo y la Dolorosa que habrían de colocarse en los altares colaterales de la capilla mayor del templo cisterciense, según disposición del escultor ratificada en su testamento de 1679.

Pedro de Mena y Medrano: Dolorosa (1675-1676)

De esta manera y cumpliendo su última voluntad, el 14 de Octubre de 1688 el cuerpo sin vida de Pedro de Mena es sepultado en el templo cisterciense. Allí permaneció durante cerca de doscientos años y, desde luego, allí hubieran continuado si los avatares políticos del XIX no hubieran decidido lo contrario. En efecto, pues, a partir de los sucesos que alteraron la vida del monasterio, los restos mortales del escultor se ven implicados en un trasiego de exhumaciones y traslados que no culminarán hasta 1996.

En 1876, el académico Manuel Rubio Velázquez propone a la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo la búsqueda, rescate y traslado de los restos de Mena, ante el temor de su posible pérdida, como consecuencia de la demolición del templo cisterciense, tres años antes.

Através de sus distintos testamentos, Pedro de Mena y su viuda dejaron precisas indicaciones sobre el lugar de la sepultura del artista "entre las dos puertas de la iglesia de ella donde todos lo pisen en la sepultura que aquí le fuere señalada " y, más concretamente, "en la bóveda que está hacia la puerta enfrente del altar del Señor San Francisco". No obstante, parece ser que el lugar del enterramiento pudo sufrir variaciones y ubicarse, más bien, al pie del presbiterio.

El 22 de Noviembre de 1876 se descubrían los restos de Mena, colocados en una caja de pino pintada en negro. El interés de la Academia en levantar un grandioso monumento que rindiera homenaje a la memoria del escultor determinaba, en 1877, la inhumación "provisional" de los restos en la iglesia del Santo Cristo de la Salud. Curiosamente, no se piensa entonces en restituirlos a la abadía cisterciense que comenzaba a reedificarse. Con lo cual, al olvidarse el proyecto del citado monumento lo que empezaba siendo provisional podía acabar siendo definitivo.

El "redescubrimiento" del arcón de cinc con el osario de los restos de Mena, en 1995, abre nuevamente el debate. A instancias de la Hermandad de la Sagrada Orden del Císter, la comunidad de religiosas demanda el cumplimiento de la voluntad del escultor. Por fin, el16 de Marzo de 1996, Pedro de Mena retorna definitivamente a la Abadía de Santa Ana. Ahora es depositado en una sencilla sepultura excavada a los pies de la iglesia, situada junto al Ecce Homo y la Dolorosa que él mismo destinara para acompañarle en el descanso eterno.

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