| 5. Escultura y pintura |
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Del extenso patrimonio artístico propiedad de la Abadía se exponen en el Museo una selección de obras comprendidas entre
los siglos XV y XVIII, que atiende a su calidad artística e iconografía.
Por su antigüedad y singulares valores plásticos destacamos
la Virgen de los Peligros y Buen Suceso enviada desde Madrid, en 1629, por
Alonso Sánchez, un pintoresco personaje apodado el "Barbero Santo". Aunque
originaria de principios del XV, la talla fue intensamente remodelada entre los
siglos XVI y XVII para adaptarla al gusto de la época. La restauración de la que
fue objeto, en 1981, en el Taller Regina Coeli de Santillana del Mar permitió
descubrir, bajo otra mucho más reciente, la encarnadura de intenso color moreno
dada a los rostros.
Atribuidas a Andrea y Claudia de Mena son las esculturas de vestir de San Benito y San Bernardo que siguen los modelos
propios de la etapa más tardía de su padre. Los talleres locales de los siglos
XVII y XVIII se hallan representados por una serie de esculturas de indudable
interés: Virgen de la Aurora, Jesús Nazareno y San Cayetano.
Sobresalen especialmente dos espléndidas y hermosas piezas en madera dorada, estofada y policromada: Santa Ana enseñando a
leer a la Virgen Niña (s. XVII - XVIII), de grave solemnidad en su composición,
y San Miguel Arcángel aplastando a Lucifer (s. XVIII) de atrevido juego de paños
y gráciles movimientos.
Punto y aparte es la iconografía, tan netamente conventual, de los Niños de Pasión. El juego de contrastes tan propio
de la época barroca aparece en estas representaciones escultóricas en las que la
suavidad del tratamiento plástico se oponen a un profundo sentido dramático.
La intención del tema no es otra que la de presentar al
Niño Jesús con los atributos de la Pasión como si éste estuviera sufriendo ya
sus trágicas consecuencias, lo cual indica la plena aceptación de su destino por
parte de Cristo. El artista resuelve tan complicado asunto mediante la elegancia
de las actitudes, la emotividad de los gestos y los ojos llenos de lágrimas que
insinúan él terrible mensaje premonitorio.
Dentro de esta galería iconográfica brilla
con luz propia el Niño Jesús de la Espina, obra de taller malagueño del XVII. La
delicadeza y serenidad de la expresión se alterna con el estudio anatómico de un
desnudo infantil, rollizo y lleno de vida. El artista evita toda alusión trágica
al morboso episodio del niño que teje su tintura corona de espinas. Más bien lo
enmascara, al centrar la atención del espectador en la anécdota del pinchazo que
pone fin a una simple travesura.
A la colección de Niños Jesús, de diferentes épocas y calidades, se suma una escultura de San Juan Bautista Niño,
datable en la segunda mitad del siglo XVII y emparentada con los modelos de
Pedro de Mena. Conocido popularmente por San Juanito, su iconografía alude a las
excepcionales dotes para la profecía que el personaje comenzaría a demostrar
desde su más temprana edad para preparar el camino de Cristo, simbolizado en el
cordero echado a sus pies.
En comparación con el abrumador protagonismo de la escultura, la pintura cuenta con una escasa representatividad en los fondos del
museo. No obstante, se conservan y exponen algunas muestras interesantes, como
los pequeños óleos sobre cobre de los siglos XWI y XVIII, con los temas de la
Virgen de la Rosa con el Niño y San Juanito, Santa Gertrudis y San Antonio de
Padua y el milagro de la mula. La iconografía de este último representa al
popular santo franciscano en el momento de hacer arrodillarse a una mula ante la
Eucaristía, para convencer a un judío que no creía en la presencia real de
Cristo en la Sagrada Forma. Al pintor y tratadista cordobés Antonio Acisclo
Palomino de Castro y Velasco (1655-1726) se debe un espléndido lienzo de Santo
Tomás de Aquino con firma autógrafa.
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