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| 2.11.2. Domingo de Ramos |
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No hay mañana de más ilusionado gozo para un malagueño
que la del Domingo de Ramos. Los hijos de esta ciudad saben que recién
puesta de largo esta mañana, las cofradías están ya en la
calle. La Semana Santa, después de un largo año de espera, es en
esta mañana ya cierta y palpable, pero toda la Semana Santa, con todas
sus cofradías y todos sus tronos y todos sus nazarenos y todas sus
emociones, también está aún por estrenar. Tal vez por esa
ilusión colectiva, por esa absoluta eliminación de la melancolía
que tiene lugar en Málaga la mañana de Ramos, quizá sea
costumbre que cada persona estrene algo este día por pequeño que
ello sea.
De cualquier forma, como en toda fiesta que se precie, son los niños
quienes primero empiezan a disfrutar del gozo. Así, ya en la propia mañana,
sin esperar la luz crepuscular, será la Cofradía de Jesús a
su Entrada en Jerusalén y María Santísima del Amparo, la
popular "Pollinica", la hermandad que inaugure las procesiones de la
Semana Mayor malacitana. No defrauda nunca la visión de este cortejo
infantil en su discurrir ante la Catedral ni al comparecer el primero ante la
enfervorizada y popular concurrencia de la "Tribuna de los Pobres".
Por su parte, la tarde del Domingo de Ramos es prolija en número de
procesiones. Cuando la "Pollinica" recién acaba de recogerse,
será la Hermandad de Jesús de la Salutación y María
Santísima del Patrocinio, Reina de los Cielos, la que inicie su recorrido
desde la dieciochesca parroquia de San Felipe Neri. Emocionantísima, por
cuanto de complicada y ajustada tiene, resulta la salida del paso de misterio
que procesiona esta corporación, como así también su estación
en la Catedral y su tránsito ante el convento de las Madres Carmelitas,
sito en la calle Alvarez.
Más inverosímil, si cabe, es aún la salida de la Cofradía
del Cristo de la Esperanza en su Gran Amor y María Santísima de la
Salud, cuyo paso de palio ha de ser sacado de rodillas por sus hombres de trono
en un esfuerzo ímprobo que es todo un alarde de fe. No en vano, el trono
de la Virgen de la Salud es realmente mayor que la puerta de su parroquia
trinitaria de San Pablo, pero la sabiduría de los capataces y la pericia
de los portadores son bagaje más que suficiente para lograr los milagros
de su salida y de su entrada.
Crecida la tarde y en el otro extremo de la urbe, la Cofradía del
Cristo de la Humildad (Ecce Homo) y Nuestra Madre y Señora de la Merced
bajará desde el Santuario de la Victoria para inundar con el albor de sus
túnicas mercedarias el viejo casco histórico de la ciudad. La
estación en la Catedral y el encierro de este cortejo son momentos difíciles
de olvidar después de haber sido vividos.
Por su lado, alegre y bulliciosa, como corresponde a las gentes de su barrio
de Capuchinos, la Hermandad de Jesús del Prendimiento y María Santísima
del Gran Perdón, también bajará al centro de la capital
desde su casa de hermandad levantada en el cerro de El Ejido. Hermoso y
emocionante es el tránsito vespertino de este cortejo por la Plaza de
Capuchinos, la Capilla del Molinillo y la calle Ollerías, como memorable
resulta siempre, doblada ya la medianoche, su regreso por la empinada estrechez
de la calle Dos Aceras.
Por último, clasicista y elegante, delicada y exuberante al unísono,
la Cofradía de Jesús de la Oración en el Huerto y María
Santísima de la Concepción saldrá doblado ya el atardecer
desde su parroquia de los Santos Mártires, en el corazón de la
capital, para inundar la ciudad toda del drama supremo que plasma su bellísima
imagen del Señor y del encanto sublime de su inmaculada Dolorosa. Salida
y encierro del cortejo tanto como su paso por las calles Comedias y Carretería
son escenas propias de un sueño que es necesario ver para creerlo.
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