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| 2.11.6. Jueves Santo |
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El Jueves Santo, jornada eucarística y del amor fraterno por
excelencia, se inician las solemnidades litúrgicas del llamado Triduo
Sacro. En los templos se conmemora, hoy más que nunca, la Cena del Señor
tras de la cual el Santísimo Sacramento quedará reservado hasta la
celebración el Viernes Santo de los Santos Oficios y, una vez vencido el
crepúsculo del Sábado, la Vigilia Pascual.
Si en la Semana Santa de Málaga existen pasos de grandes dimensiones,
el mayor de todos, sin duda, es el del Señor de la Sagrada Cena
Sacramental, cuyo trono procesional alcanza medidas colosales. También el
trono de María Santísima de la Paz es sobrecogedor por su tamaño
y belleza, pero el del Cristo de esta cofradía ciertamente sobrecoge, máxime
si se considera el extraordinario esfuerzo que para sus portadores implica el
largo recorrido que verifica esta hermandad al salir desde la Capilla de la
Estación, templo propio de la corporación.
El pueblo malagueño, consciente de la trascendencia del Misterio que
durante estos tres días celebra la Iglesia, nada menos que la Institución
de la Eucaristía por el Señor, su Pasión, Muerte y
Resurrección, se viste con sus mejores galas, acude a las solemnidades
litúrgicas e incluso las prolonga durante la tarde del Jueves Santo
realizando las tradicionales visitas llamadas "estaciones eucarísticas",
las cuales, en número de siete, implican la oración ante los
Monumentos Sacramentales instalados en otros tantos templos. Así, desde
el mediodía, es fácil contemplar en las engalanadas calles a damas
ataviadas con mantilla y vestidos negros acompañadas por caballeros de
traje oscuro. Es el ambiente típico del Jueves Santo, ambiente de
emociones y recuerdos, de nostalgias y anhelos, de devociones y rezos, de
inquietudes y sueños, porque la ciudad toda sabe que han llegado los días
más grandes de la que de por sí ya es considerada su Semana Mayor.
Y será cuando el sol haya iniciado la curva de su expiración
diaria sobre la bahía de Málaga que el cortejo penitente de la
Cofradía de Jesús Nazareno de Viñeros y Nuestra Señora
del Traspaso y Soledad parta desde la añeja Plaza de las Biedmas para
tomar la calle Carretería y encaminarse hacia la Catedral donde toda la
hermandad, como si de un solo hombre se tratase, se postrará en mística
adoración ante el Monumento levantado para el Hijo de Dios.
Algo más tarde, cuando ya el bullicio sea inconmensurable en torno a
la parroquia de Santo Domingo que preside el viejo arrabal perchelero, será
la Pontificia Congregación del Cristo de la Buena Muerte y Nuestra señora
de la Soledad la que, acompañada como siempre desde 1930 por los
caballeros legionarios, inicie su peregrinar hacia el centro de la capital. El
impresionante Crucificado que tallara Francisco Palma Burgos inspirándose
en el simpar Cristo antecesor que concibiera Pedro de Mena, encuentra
ciertamente en su procesión un sobrecogedor contrapunto estético y
emocional en el canto del himno legionario que las tropas de las que es Patrón
le dedican entre el delirio de las gentes. Asimismo, la espectacular marcialidad
de La Legión halla también su complemento en el elegante desfile
que protagonizan soldados de la Armada Española tras el trono de la
Virgen de la Soledad, a cuya sagrada efigie la Marina de Guerra se reconoce
encomendada desde el siglo XVIII por mor de su intercesión en el
salvamento de una fragata.
Mas también desde el barrio del El Perchel, justo allá donde
se levanta la parroquia del Carmen, será la Hermandad de Jesús de
la Misericordia y Nuestra Señora del Gran Poder la que aglutine en la
dulce mirada de su Cristo caído todo el amor del pueblo.
"El Chiquito", como popularmente llaman los percheleros a esta
imagen, es el dueño y señor del barrio. La "promesa" que
sigue a su trono durante la procesión expresa bien a las claras la enorme
devoción que despierta este Jesús Nazareno, cuyo regreso a su
templo por la calle Ancha del Carmen, muy crecida ya la madrugada del Viernes,
es un ejemplo perfecto de la espontaneidad y la hondura que puede llegar a
alcanzar y de hecho alcanza la religiosidad popular.
Y de un extremo de El Perchel al otro, porque desde la ermita dieciochesca
de la calle Mármoles, frontera natural que no se sabe si une o separa a
este barrio del contiguo de La Trinidad, sale la Hermandad del Cristo de los
Milagros y María Santísima de la Amargura, la dolorosa que un día
premiara con un milagro el súbito arrepentimiento de un bandido del que,
por designio del pueblo, ella misma acabaría tomando el sobrenombre de "Zamarrilla".
Es ésta una cofradía que de su forma de andar los tronos ha
hecho bandera. Interesa a quien desee conocer bien la Semana Santa malagueña
asistir al tránsito de este cortejo por el recorrido oficial y
especialmente por la calle Larios en la que los tronos más que caminar,
bailan.
Pero si el Jueves Santo ha de tener una Reina, ésa no podía
ser otra que la Virgen de la Esperanza, la dolorosa canónicamente
coronada que enamora y cautiva a los malagueños, que recoge en su corazón
de Madre las plegarias del pueblo y que provoca encendidas ovaciones nada más
asomar el inmenso retablo de su trono tras del umbral del museo de su corporación.
La Archicofradía del Nazareno del Paso y María Santísima de
la Esperanza Coronada es la hermandad de todos cuantos se sienten hijos de Málaga.
No en vano, la efigie del Nazareno bendice cada noche del Jueves Santo desde el
corazón de la urbe en la Plaza de la Constitución a la ciudad toda
en una ceremonia que no por centenaria y esperada resulta menos emocionante.
Pero es la Virgen de la Esperanza la que todo lo envuelve y todo lo
transforma en ésta su noche mágica. Y hasta tal punto llega la
identificación de los malagueños con su Virgen, que no se sabe si
es que la Esperanza es la auténtica Málaga de origen por todos
evocada o si es que la Málaga que amamos fue moldeada a imagen y
semejanza de la Esperanza. La respuesta al enigma se esconde entre los arcanos y
apreturas de todo Jueves Santo, en su noche eterna, en su madrugada alta, plena,
colmada, henchida de verde Esperanza.
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