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  2.11.7. Viernes Santo
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Trono de la Mortaja

La del Viernes Santo es la tarde amarga de la muerte que describe en Málaga un largo trazo de negros nazarenos. Tras el apogeo de la madrugada ebria de Esperanza, ya desde su más incipiente alborada, el sol del Viernes Santo, siempre el de aquella infame "hora nona", despliega el velo de su luto con la procesión medieval que, desde la feligresía de San Juan, protagoniza la gótica imagen del Cristo de la Veracruz, verdadero hallazgo de la primitiva Semana Santa malagueña que las Cofradías Fusionadas han restaurado para memoria de la ciudad. Este cortejo, en el que un nazareno porta un fragmento del Santo Lignum Crucis, serpentea silente por entre las primeras luces del Viernes Santo para llegar hasta la Catedral y regresar presto y veloz a su parroquia.

Sgdo. Descendimiento

Con el crepúsculo ya en el horizonte y el gris del Viernes crecido, será también el templo de San Juan Bautista el que abra sus puertas para que desde sus entrañas centenarias se esparza el reguero de prieto esparto y ruán negro que conforman los mudos nazarenos de la Archicofradía Sacramental del Cristo de la Redención y Nuestra Señora de los Dolores. Procesión es ésta de silencio absoluto. De silencio que se ve y se palpa. De silencio apenas turbado por las notas que desgrana la capilla musical. De silencio sólo interrumpido por el canto virginal de las Hermanas de la Cruz cuando desde las celosías de su convento de la Plaza de Arriola elevan su oración hasta el palio argénteo que cobija el callado llanto de la Señora de los Dolores. De silencio en la Catedral cuando la Archicofradía verifica su estación adorando el sacro leño de la cruz. De silencio en las calles, en las gentes y en el orbe todo cuando el Crucificado de la Redención, con sus brazos extendidos en universal abrazo y con su cabeza hundida sobre el viril de su pecho inánime, pasa lento y cruza sereno el supremo umbral de la muerte.

Como muerto baja también en severo cortejo hasta el Santuario de la Victoria, desde su capilla del Monte Calvario, el Cristo Yacente de la Paz y la Unidad para ser colocado en el regazo de Nuestra Señora de Fe y Consuelo. Desde el Santuario de la Patrona, la Hermandad de la que es también titular Santa María del Monte Calvario llegará hasta la Basílica Mayor malacitana con sus dos pasos para realizar una modélica estación penitencial siempre imbuida de austeridad y recogimiento.

Cto. del Amor

Y desde el barrio de La Malagueta, acaso impregnada del aroma marengo de La Coracha, la Hermandad del Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima de las Angustias igualmente dirigirá los pasos silentes de sus nazarenos hasta la Catedral, si bien el bellísimo tránsito de esta cofradía por el Paseo del Parque ha venido a constituirse en una de las más clásicas escenas del Viernes Santo malacitano.

Mas en la postrera jornada de la Semana Santa de Málaga la margen derecha del Guadalmedina no podía quedar sin cofradía en la calle. Es por ello que la Hermandad del Santo Traslado de Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora de la Soledad se erige en embajadora del barrio de La Trinidad para traer hasta el centro de la capital sus clásicos tronos y su centuria romana, cuerpo simbólico que hace las delicias de los más pequeños y que evoca a los mayores aquella guardia con que los sanedritas quisieron vigilar el enterramiento del Señor. Emocionante resulta el paso de esta cofradía por la calle Trinidad en la que la Virgen de la Soledad recoge la más fervorosa devoción de una feligresía que la tiene por incondicional valedora.

Entre tanto, será en el extremo opuesto de la ciudad, de nuevo en el Santuario de la Victoria, donde se den cita el más bello clasicismo y la más honda religiosidad para ofrecer al pueblo de Málaga la procesión del Cristo del Amor y María Santísima de la Caridad. Suave y cadenciosa, la bajada del cortejo de esta cofradía por el Compás de la Victoria y su recorrido por la Plaza de la Merced son escenas que quedan grabadas en la memoria de quienes las contemplan mientras escuchan de labios de los hombres de trono el canto del himno "Ubi Cáritas".

Sto. Traslado

Sin embargo, la devoción popular encontrará su más palpable escenario en el barrio del Molinillo desde cuya capilla, receptáculo de musitadas oraciones, comienza su procesión la Hermandad de Nuestra Señora de la Piedad. Es una verdadera multitud de "promesas" la que sigue a esta Virgen transida de amargura que, tierna y esperanzada, sollozante y humana, todavía acaricia el cuerpo exangüe de Cristo. Sobrecoge el tránsito enlutado de este cortejo por la calle Ollerías como sobrecoge también siempre la visión de la Madre con su Hijo muerto en el regazo.

Y si la referencia a la muerte es una constante en el programa iconográfico de las procesiones del Viernes Santo, en el caso de la Hermandad de Jesús del Santo Sepulcro y Nuestra Señora de la Soledad puede decirse que es ya la muerte misma la que se erige en protagonista. No en vano, el colosal catafalco que diseñara Moreno Carbonero para este Cristo yacente es todo un monumento a la muerte. A una muerte de concepción romántica en la que el héroe sacrificado es ciertamente glorificado en virtud de la grandeza de su aceptado holocausto, pero en la que el sentido del drama se impone a cualquier otra apreciación. Luctuoso y severo, el trono del Santo Sepulcro halla su pompa idónea en la marcha fúnebre de Chopin que permanentemente verifica la banda de música que le acompaña desde su salida en las inmediaciones de la parroquia de los Santos Mártires.

Decimonónica en su apariencia, cierra las procesiones de penitencia de la Semana Santa malacitana la comitiva de la Orden Tercera de Siervos de María, cuya imagen titular es Nuestra Señora de los Dolores, bellísima dolorosa atribuida al dieciochesco artista malagueño Fernando Ortiz. La singularidad de este cortejo que sale a medianoche de la parroquia de San Felipe Neri radica en su simplicidad y austeridad, así como en el hecho de que la dolorosa es procesionada sobre una sencilla peana de carrete, carente de adornos y portada por caballeros vestidos con levitas. Los penitentes, que durante la procesión rezan en alta voz la Corona Dolorosa, lucen también toscos hábitos, en tanto que la comitiva carece de insignias. Es éste un cortejo que por su excepcionalidad, incluso la iluminación de las calles es apagada a su paso, inquieta y sobrecoge.

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