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| 2.11.8. Domingo de Resurrección |
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Es el ocaso del Sábado Santo el que, por paradoja, dará paso al
fulgor de la gran Pascua cristiana. Tras del silencio magno y la atmósfera
de misteriosa quietud en que se desenvuelve la víspera del Domingo de
Resurreción, cercana ya la medianoche, la celebración de la
Vigilia Pascual en las parroquias reunirá a los fieles a oscuras y en
fervorosa vela. En el más bello y completo rito litúrgico que
pueda concebirse, el encendido del Cirio Pascual, que dará paso a la
paulatina iluminación de los templos, será el símbolo
concreto de que Cristo ya ha resucitado para convertirse en la definitiva luz de
la humanidad.
Cumplido el rito litrúrgico, será entonces cuando bajo la bóveda
de la añeja iglesia de San Julián sea entronizada la imagen del
Santísimo Cristo Resucitado, titular de todos los nazarenos y hombres de
trono malagueños a través de su Agrupación de Cofradías.
Junto con María Santísima Reina de los Cielos, cotitular de la
Agrupación, en la mañana el Domingo de Pascua, el Cristo
Resucitado protagonizará la más jubilosa procesión de
cuantas tienen lugar en Málaga.
Por eso, son el colorido y la alegría las notas características
de un cortejo que recorre las calles de la capital entre el bullicio de las
gentes y en el cual marchan, junto al obispo y los hermanos mayores de las
diversas cofradías, representaciones nazarenas de todas y cada una de las
hermandades malacitanas.
Ajustadísima la salida de los tronos por el exiguo tamaño de
la portada barroca del templo, es éste uno de los momentos más
emotivos de esta procesión, si bien será el encierro, el último
del ciclo de la Semana Mayor, el instante que reúna a la inmensa mayoría
de cofrades malagueños en torno al Señor Resucitado y su
Inmaculada Madre.
Del mismo modo, resultan sumamente emocionantes tanto el tránsito de
esta procesión por la calle Carretería como su paso por la
Alameda Principal y la calle Larios, al tiempo que llama mucho la atención
la ordenada sucesión de los guiones corporativos de todas las
hermandades, los cuales en su totalidad son portados por nazarenos que, como
quedó dicho antes, visten los hábitos penitentes de sus
respectivas cofradías.
No obstante lo narrado, pese al júbilo que la Resurrección del
Señor supone para todos los cristianos, llegada la tarde del Domingo de
Pascua, cuando ya el eco de los últimos tambores hace horas que se
extinguió, al cofrade malagueño le embarga una súbita
melancolía.
Es ésta una nostalgia agridulce que surge de manera tan irremediable
como espontánea al doblar los pliegues de la túnica nazarena, al
guardar, como si de una reliquia venerable se tratase, el viejo capirote de cartón,
al abrillantar el charol y la plateada hebilla del zapato que sólo pisa
la calle una madrugada solemne. Es ésta, sí, una tristeza suave,
acaso cual una serena ausencia que escala el pensamiento, que busca consuelo en
los ángulos del recuerdo y que acaba por confortar al espíritu con
la difusa ilusión de un lejano Domingo de Ramos escondido en el horizonte
ignoto del tiempo. Es entonces cuando el cofrade busca el calendario, encuentra
una fecha y, como un niño que aguardara la noche de Reyes, suma,
multiplica y cuenta y vuelve a contar con los dedos de sus manos hasta resolver
la ecuación de su ansia: "358 días faltan. Mañana, uno
menos".
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