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| 2.1. Rito, signo y fiesta |
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Es el advenimiento de la primera luna llena de primavera el que
determina cada año la fecha de las celebraciones de la Semana Santa.
La liturgia cristiana toma su referencia de la Pascua judía durante
cuyas jornadas tuvo lugar la pasión, muerte y resurrección de
Jesucristo. El drama y la glorificación del Hijo de Dios hecho
hombre acaeció pues durante un período ritual que hoy, con un
sentido diferente pero igualmente ritualista, se reproduce año
tras año en el mundo entero.
El ritual, convertido ya en signo religioso en su raíz y en su
desarrollo, no obstante, al extenderse durante los siglos por
tierras muy diversas, ha ido tomando en su celebración formas
peculiares y directamente creadas por cada pueblo. Así, aunque
los ritos litúrgicos oficiales que se desarrollan en el interior
de los templos es uniforme en todo el orbe católico, las
celebraciones populares y callejeras que rodean a aquellos
son tan diversas como ricas en folclore. Y si en la mayor
parte de España, del sur de Italia y de gran parte de
Hispanoamérica son las procesiones penitenciales las celebraciones
populares más importantes que se desarrollan con motivo de la
Semana Santa, es especialmente en Andalucía, y dentro de ella
en Málaga, donde tales procesiones alcanzan mayores cotas de
espectacularidad.
Ello es así porque nuestras procesiones, organizadas por las
hermandades y cofradías desde hace cinco siglos, han trascendido
su indudable contenido religioso para asumir además otras
significaciones simbólicas que ímplicitamente las convierten
en signos festivos a través de los que se transmiten de generación
en generación valores de identidad grupal y de autorreconocimiento
colectivo, al tiempo que manifiestan expresiones emotivas y
culturales ligadas al arte y, en suma, engendradas por lo que
podríamos denominar, en su más extensiva interpretación conceptual,
el espíritu del pueblo.
Las procesiones de Semana Santa en Andalucía, y singularmente en
Málaga y su provincia, según lo expuesto, se erigen así en un
medio para la expresión de la cultura y los sentimientos del
pueblo en el que los rituales son canales adecuados para el
establecimiento de relaciones tan complejas de analizar pero
tan obvias de apreciar como las relativas a las existentes entre
los ciudadanos, los fieles, y Dios y, simultáneamente, entre esos
mismos ciudadanos y sus vecinos y, en última instancia, entre
tales ciudadanos y los visitantes foráneos.
Son muchos los municipios malagueños, especialmente la capital,
que de las procesiones de Semana Santa han hecho una verdadera
fiesta, su gran fiesta anual en sentido antropológico. Una fiesta
rigurosamente ritualizada en cuanto a los papeles que juegan
imágenes titulares, integrantes de los cortejos y espectadores,
con unos escenarios urbanos predeterminados y con una escenografía
depurada a lo largo de siglos. Todo un ritual, esperado por la
mayoría de la población y preparado durante todo el año por los
cofrades, que tiende a alcanzar en unos momentos y lugares
concretos lo que sin ambages puede denominarse la catarsis
colectiva en su doble significado de purificación que produce
la contemplación de la tragedia en el espectador y de sentimiento
de éxtasis de masas.
Tan intensa es la idea de fiesta popular aplicada a la Semana Mayor
entre los malagueños, que el concepto de tiempo litúrgico que
corresponde a las palabras "Semana Santa" ha dejado
paso al significado de procesiones. Y la fuerza de esta idea
generalizada se basa no sólo en el aspecto festivo y al tiempo
dramático de tales cortejos, sino muy principalmente en que se
trata de una fiesta popular que encuentra escenarios en
todos los barrios históricos, que es gratuita y que es plural,
interclasista y abierta.
Cada barrio histórico posee una o varias cofradías a través
de las cuales se articula buena parte de la vida social de
la vecindad y mediante cuya procesión se reafirman las
connotaciones singulares de dicho barrio. Así, junto a la
motivación devocional y religiosa, que es la principal y
explícita, coexisten otras motivaciones ímplicitas que impulsan
a los ciudadanos a ingresar en las cofradías. Son razones
como la tradición familiar, la necesidad de relacionarse
socialmente o el ansia instintiva de toda persona de pertenecer
y sentirse incardinado en un concreto grupo.
Este deseo de pertenencia a las cofradías, tan libre y voluntario
como intuitivo, es sin duda el factor que ha impulsado el
extraordinario y dilatado desarrollo de tales asociaciones
en una ciudad de tan escasa vertebración social como Málaga.
No en vano, las casi 40 hermandades existentes en la capital
malagueña aglutinan en la actualidad a más de 75.000
cofrades y son, con muchísima diferencia sobre asociaciones
de vecinos, clubes deportivos, partidos políticos o peñas
recreativas, las entidades con mayor número de miembros.La
Semana Santa malagueña, mediante sus cofradías y sus procesiones,
es así el cauce idóneo del ritual colectivo, el símbolo de la fe
religiosa y la identidad grupal de la ciudad, y, al unísono, el
eje sobre el que gira una parte importante de la vida cotidiana
de sus habitantes, para muchos de los cuales el año se divide en
antes y después de la Semana Santa.
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