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| 2.2. La ciudad, escenario |
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La ciudad es el lienzo sobre el que los cofrades dibujan la sinfonía
plástica de las procesiones. Pero la ciudad no es un lienzo blanco,
sino que sus calles, sus plazas, sus jardines, sus edificios y sus
trozos de cielo delimitan un trazado que cambia con los años y al
que sucesivamente han debido adaptarse los cortejos para que los
tronos y las sierpes de nazarenos y músicos que preceden a éstos
discurran con franquía.
Sin embargo, tratándose de la Semana Santa, también el lienzo,
la calle, se amolda a las procesiones. Aceras que se estrechan,
rampas que surgen, anuncios luminosos que se pliegan, tribunas
que emergen, balcones que se engalanan y, sobre todo, automóviles
que desaparecen del centro y los barrios históricos en un tributo
anual que la tradición hace pagar a la modernidad. Pocas sensaciones
tan plácidas como ese silencio inusual que las tardes de Semana
Santa, servida la sobremesa, se cuela por las ventanas desde la
calle. Ese silencio sólo turbado por el murmullo de gentes que van
y que vienen, que charlan y que ríen, que viven intensamente
mientras un rumor lejano de tambores va creciendo en el antepecho
de la ventana hasta licuar el aire en incienso sobre la vieja mesa
del comedor de la abuela...
En Semana Santa, la ciudad, su pasado y su historia, revive y se
reencuentra a sí misma en lo que fue y quizá nunca debió dejar
de ser. Gentes que regresan por una tarde a los barrios que
abandonaron años atrás, niños que descubren sus raíces en el
paso de una cofradía y desde el balcón de sus abuelos, añejas
fachadas que ven curadas sus heridas, callejuelas escondidas
y sinuosas por las que sólo se pasa para "acortar"
en las noches de Semana Santa... Y es que la Semana Santa nos
hace vivir la ciudad que recordamos y acaso la ciudad que
soñamos...
Mas las procesiones poseen escenarios concretos que la ciudad
le ofrece. Está el recorrido oficial, nacido en 1921 sobre los
ejes de las decimonónicas vías de la Alameda y la calle del
Marqués de Larios y cuyo vértice máximo se sitúa en la Plaza
de la Constitución, corazón de la Málaga histórica.
Es este fragmento del itinerario el único en que cuesta dinero
contemplar los cortejos y es también el único en el que algunas
comitivas discurren completas, ya que en ciertos casos los
integrantes de las presidencias honorarias que marchan en
algunas cofradías se retiran una vez sobrepasado este circuito.
Las localidades, que son alquiladas a los ciudadanos por la
Agrupación de Cofradías, permiten asistir cómodamente sentado
a las procesiones, si bien ese mismo estatismo transforma en
público de patio de butacas lo que en cualquier otro punto de
la ciudad es más pueblo que, aunque espectador también, participa
de alguna forma arropando y dando calor a los cortejos mediante
esas aglomeraciones tan de salida y encierro de cofradía que
conocemos como "bulla". Por eso, el llamado recorrido
oficial se asemeja un poco a un gran escaparate en el que tanto
algunos integrantes de los cortejos como buena parte del público
aspira tanto a ver como a ser visto.
Otro de los escenarios urbanos más importantes de la Semana Santa es
la Catedral y sus alrededores. Aunque no todas las cofradías entran
en la Basílica para realizar estación de penitencia, ciertamente las
escenas de mayor belleza plástica que ofrecen las procesiones en
combinación con la ciudad tienen lugar en este marco monumental.
No sólo el discurrir de los cortejos por los aledaños de la
Catedral, sino también y muy especialmente su tránsito interior
bajo las bóvedas de piedra tallada constituyen saltos visuales
en el tiempo que nos aproximan y casi nos sitúan en la urbe de
siglos pretéritos hasta hacer percibir a cualquiera una inopinada
melancolía por una época que, paradójicamente, no fue vivida.
Luego está la calle de Carretería con sus cientos de sillas de
anea colocadas en las aceras por los vecinos y en cuyo extremo
meridional se abre la llamada "Tribuna de los Pobres",
esa cascada de gradas de piedra que baja desde la Rampa de la
Aurora hasta la desaparecida Puerta Nueva, y en la que las gentes
de los barrios de La Trinidad y El Perchel se arremolinan para
vitorear a los Cristos y las Vírgenes de mayor devoción.
Es éste otro vértice excepcional de las procesiones en el que
la Semana Santa cobra su plena dimensión como fiesta y en el
que las presidencias y el ceremonial oficial han de rendirse
a los ritos mucho más espontáneos del pueblo.
Salidas y encierros, salgan los pasos desde templos, casas de
hermandad o tinglados de hierro y toldos, son siempre los
escenarios y los instantes en los que cada cofradía es más
protagonista por sí misma. Desde el silencio más intimista
del más serio cortejo hasta el júbilo de la más jaranera
cofradía, que de todo hay, siempre, invariablemente, será en la
salida y en el encierro donde cada hermandad encuentre a sus
incondicionales, a las gentes que saben cómo hay que ver a esa
cofradía porque sienten una devoción sincera por sus imágenes
titulares y porque albergan en sus pechos un apego irrenunciable
y ancestral por cada adoquín de su barrio. Cada salida y cada
entrada de tronos es semejante pero distinta. Cada salida y cada
encierro es emocionante porque es la única hasta el año que viene.
Y cada salida y cada entrada es especial y acaso irrepetible porque
quién puede asegurar que para él no será la última...
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