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| 2.3. Participantes y Espectadores |
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No siempre la diferenciación entre participantes y espectadores
responde con plena exactitud a la distancia que media entre el
sujeto que actúa en un evento y el que sólo lo contempla
pasivamente. Cuando hablamos de la Semana Santa malagueña esa
división se atenúa mucho porque, primero, la celebración de las
procesiones implica a tal cantidad de personas, que quien no
participa de manera directa en los cortejos lo hace indirectamente
trabajando para su organización o simplemente colaborando a su buen
desarrollo; y, segundo y mucho más importante, en determinados
puntos de los itinerarios procesionales es difícil discernir si
el público no es también de algún modo protagonista de cuanto
acontece en la calle.
Para empezar, basta pararse a considerar el infinito universo
que rodea a la procesión en la calle para comprender que desde
el policía local que cuida de la seguridad hasta el vendedor de
caramelos que precede a los cortejos, pasando por los barrenderos
que asean las calzadas, los mozos que montan y desmontan cada día
las sillas del recorrido oficial o incluso los sacristanes de los
templos, o de oficios cuyos operarios, de una forma u otra, se ven
ligados a la celebración. Esta pléyade de "tramoyistas",
normalmente olvidados en las exégesis poéticas de los pregones
cofradieros, son participantes de la Semana Santa, si se quieanta,
si se quiere de segundo orden, pero de suma importancia para el
buen desarrollo de la celebración.
Todavía, si ahondamos más, observaremos una tercera línea
de participantes indirectos pero relevantes a la hora de crear
ese ambiente de fiesta grande que vive la ciudad durante la Semana
Santa. El comerciante que apaga la iluminación de su establecimiento
al paso de una cofradía, el que decora sus escaparates con motivos
cofrades, el vecino que adorna su balcón con la palma del Domingo
de Ramos o el terciopelo encarnado o el viejo mantón, la madre o
la esposa que planchan con mimo la túnica nazarena del hijo o el
esposo, el camarero que tras de la barra atiende paciente la súbita
aglomeración de clientes cuando el manto de la Virgen de turno dobló
la esquina, el periodista que retransmite los cortejos a través de la
radio o la televisión... Son miles las personas que, de forma
espontánea, cada cual desde su puesto y muchas de ellas
desinteresadamente, sirven a la Semana Santa para hacer de
ella lo que es.La primera línea de participantes, de la que
se hablará largo y tendido en próximos capítulos, como es obvio,
la forman nazarenos, acólitos, capataces, hombres de trono y
músicos, si bien tampoco en menor medida esa multitud que suele
denominarse "los espectadores".
Espectadores. Lo son en tanto en cuanto, efectivamente, permanecen
expectantes, a veces durante largas horas de espera en una esquina
concreta, para ver pasar la procesión. Sin embargo, esos
espectadores cuántas veces no se convierten en cuasiprotagonistas
al aclamar a una imagen sagrada, al ovacionar la mecida de un palio,
al aplaudir e incluso pedir la interpretación de una marcha
procesional, al alentar el esfuerzo de los portadores de los tronos
o, en el súmmum, al arrancarse de pronto desde la reja de una ventana
para rezar por seguiriyas y bruñir la madrugada a golpe de martinete...
La distancia entre participantes y espectadores, ya se ve, es en
la Semana Santa muy corta, a veces casi inexistente. Es más, hay
procesiones, sobre todo de hermandades de corte menos serio, que
cuando regresan a su barrio ven aumentado su cortejo con
participantes agregados. No sólo forman ya en tal comitiva los
integrantes natos, nazarenos, acólitos, portadores y músicos,
sino que al trono de la Virgen le precede una gran cantidad de
fieles vitoreantes que crean la bulla por antonomasia, mientras
los hombres de trono se ven acompañados de familiares, novias y
esposas, que en las paradas les llevan agua y les animan. En cuanto
a los penitentes, como muy bien supo señalar en su obra Antonio
Núñez de Herrera, se da el caso de que algunos nazarenos, llegadas
estas horas de la madrugada, son en realidad tres: él, su cirio y
su amigo. Y ello es así porque el amigo del nazareno no es un mero
acompañante. El amigo del nazareno es su ayudante. Le sujeta el
cirio o la vara para que el penitente pueda mejor ceñirse el
capirote. Le acerca el botellín de agua. Le arregla los vuelos
de la capa o los pliegues de la cola de la túnica. Le cuenta
cómo van los tronos y dónde le tocaron a la Virgen la mejor
marcha. Le dice dónde le espera la familia tras la recogida y,
sobre todo, saluda en su nombre a los conocidos comunes: "
Este es Pepe, mi compadre, el nazareno mejó plantao de toa la
cofradía".
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