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  2.3. Participantes y Espectadores
La ciudad, escenario Cofradías, la tradición   8 de 83    Málaga capital Índice
Saeta al Señor del Huerto

No siempre la diferenciación entre participantes y espectadores responde con plena exactitud a la distancia que media entre el sujeto que actúa en un evento y el que sólo lo contempla pasivamente. Cuando hablamos de la Semana Santa malagueña esa división se atenúa mucho porque, primero, la celebración de las procesiones implica a tal cantidad de personas, que quien no participa de manera directa en los cortejos lo hace indirectamente trabajando para su organización o simplemente colaborando a su buen desarrollo; y, segundo y mucho más importante, en determinados puntos de los itinerarios procesionales es difícil discernir si el público no es también de algún modo protagonista de cuanto acontece en la calle.

Cto. de la Crucifixión

Para empezar, basta pararse a considerar el infinito universo que rodea a la procesión en la calle para comprender que desde el policía local que cuida de la seguridad hasta el vendedor de caramelos que precede a los cortejos, pasando por los barrenderos que asean las calzadas, los mozos que montan y desmontan cada día las sillas del recorrido oficial o incluso los sacristanes de los templos, o de oficios cuyos operarios, de una forma u otra, se ven ligados a la celebración. Esta pléyade de "tramoyistas", normalmente olvidados en las exégesis poéticas de los pregones cofradieros, son participantes de la Semana Santa, si se quieanta, si se quiere de segundo orden, pero de suma importancia para el buen desarrollo de la celebración.

Trono de Jesús del Rescate

Todavía, si ahondamos más, observaremos una tercera línea de participantes indirectos pero relevantes a la hora de crear ese ambiente de fiesta grande que vive la ciudad durante la Semana Santa. El comerciante que apaga la iluminación de su establecimiento al paso de una cofradía, el que decora sus escaparates con motivos cofrades, el vecino que adorna su balcón con la palma del Domingo de Ramos o el terciopelo encarnado o el viejo mantón, la madre o la esposa que planchan con mimo la túnica nazarena del hijo o el esposo, el camarero que tras de la barra atiende paciente la súbita aglomeración de clientes cuando el manto de la Virgen de turno dobló la esquina, el periodista que retransmite los cortejos a través de la radio o la televisión... Son miles las personas que, de forma espontánea, cada cual desde su puesto y muchas de ellas desinteresadamente, sirven a la Semana Santa para hacer de ella lo que es.La primera línea de participantes, de la que se hablará largo y tendido en próximos capítulos, como es obvio, la forman nazarenos, acólitos, capataces, hombres de trono y músicos, si bien tampoco en menor medida esa multitud que suele denominarse "los espectadores".

Espectadores. Lo son en tanto en cuanto, efectivamente, permanecen expectantes, a veces durante largas horas de espera en una esquina concreta, para ver pasar la procesión. Sin embargo, esos espectadores cuántas veces no se convierten en cuasiprotagonistas al aclamar a una imagen sagrada, al ovacionar la mecida de un palio, al aplaudir e incluso pedir la interpretación de una marcha procesional, al alentar el esfuerzo de los portadores de los tronos o, en el súmmum, al arrancarse de pronto desde la reja de una ventana para rezar por seguiriyas y bruñir la madrugada a golpe de martinete...

Farol del cortejo de Salesianos

La distancia entre participantes y espectadores, ya se ve, es en la Semana Santa muy corta, a veces casi inexistente. Es más, hay procesiones, sobre todo de hermandades de corte menos serio, que cuando regresan a su barrio ven aumentado su cortejo con participantes agregados. No sólo forman ya en tal comitiva los integrantes natos, nazarenos, acólitos, portadores y músicos, sino que al trono de la Virgen le precede una gran cantidad de fieles vitoreantes que crean la bulla por antonomasia, mientras los hombres de trono se ven acompañados de familiares, novias y esposas, que en las paradas les llevan agua y les animan. En cuanto a los penitentes, como muy bien supo señalar en su obra Antonio Núñez de Herrera, se da el caso de que algunos nazarenos, llegadas estas horas de la madrugada, son en realidad tres: él, su cirio y su amigo. Y ello es así porque el amigo del nazareno no es un mero acompañante. El amigo del nazareno es su ayudante. Le sujeta el cirio o la vara para que el penitente pueda mejor ceñirse el capirote. Le acerca el botellín de agua. Le arregla los vuelos de la capa o los pliegues de la cola de la túnica. Le cuenta cómo van los tronos y dónde le tocaron a la Virgen la mejor marcha. Le dice dónde le espera la familia tras la recogida y, sobre todo, saluda en su nombre a los conocidos comunes: " Este es Pepe, mi compadre, el nazareno mejó plantao de toa la cofradía".

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