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| 2.5. Labor de artistas |
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Se ha repetido por activa y por pasiva, con razón, que las
procesiones de Semana Santa son una explosión sensitiva orientada a emocionar
tanto al participante como al espectador. Efectivamente, una
coivamente, una cofradía en la calle y los cientos de detalles
que la rodean suponen un estímulo para todos los sentidos. Desde
el deslumbramiento visual que proyectan los pasos y los contraluces
de los cirios al aroma de las flores, del incienso o de la cera
quemada; desde la audición del sobrecogedor redoble de los tambores,
la envolvente cadencia de las marchas procesionales y el desgarro de las saetas al
tacto suave de los terciopelos o al áspero de los espartos; desde el
dulce sabor de las torrijas y los churros con chocolate de las
madrugadas a la experiencia del contacto humano, directo y
generalizado de las bullas... ¡Son tantas las sensaciones, tantas
las escenas, los olores, los sonidos, los regustos y hasta los
palpos propios de la Semana Santa!
Mas para que todo este universo nazca, crezca y se eche a la calle
para enamorar a propios y extraños es preciso que antes muchos
artistas trabajen sacrificadamente y con largueza durante mucho,
muchísimo tiempo. Los imagineros han de concebir y esculpir
esculturas que, además de obras de arte, sean objetos de devoción
y vehículos idóneos para una comunicación tan delicada y compleja
como la de los hombres con Dios. Los tallistas, orfebres y
bordadores han de poner su conocimiento del oficio, su inspiración
y su esfuerzo al servicio de las voluptuosas formas barrocas que
preside la estética cofrade; y detrás de ellos, anónimos para el
gran público, otros grupos de artesanos igualmente imprescindibles
para las procesiones también han de trabajar con maestría para que
el milagro de las obras de aquellos primeros sea posible. Son los
dibujantes y diseñadores, los herreros, carpinteros, ebanistas,
batihojas y doradores, todos ellos oficios que perviven en la
Andalucía de nuestros días en muy buena parte gracias a la continua
renovación artística y patrimonial que mantienen las cofradías.
Más allá, todavía otros artesanos de la decoración efímera son
necesarios para completar el ajuar procesional. Son los sombrereros
fabricantes de capirotes, los sastres, cereros, floristas e incluso
los cultivadores de flores, pues algunas hermandades encargan
tonalidades de color concretas al objeto de que el exorno del
trono sea exactamente el deseado.
Y por si fuera poco, además son precisos los músicos, los
compositores de marchas y hasta los cantaores profesionales de
saetas.
Todo lo narrado constituye un elenco de oficios que se ve completado
por la labor básica, incomparable y no menos artística de los
cofrades y de entre ellos singularmente de los albaceas, verdaderos
especialistas del montaje y exorno de pasos y altares.
Es necesario atesorar mucha sabiduría, muy buen gusto y no poca
habilidad para que la concreta colocación de cada pieza en el
trono sea la exacta, para que la cantidad de los elementos se
distribuya en su justa medida y para que el conjunto de adornos
gire siempre en función de la centralidad y del protagonismo de
la imagen sacra que es procesionada.
Y si el refinamiento es condición necesaria para la labor de los
albaceas, la exquisitez se torna indispensable a la hora de vestir
a las efigies sagradas, especialmente a las dolorosas, ataviadas
siempre al estilo dieciochesco mediante el uso sabio de blondas,
rasos y terciopelos. Así, los vestidores y las camareras de imágenes
constituyen una especie de gremio ignoto cuya labor en la penumbra
de las capillas, a veces ritualmente cuasi secreta, posee una
sorprendente y trascendental influencia en la apariencia final de
las esculturas.
Con todo, la cofradía en la calle hecha ya procesión necesita
de una compleja organización previa en la que durante todo el año,
con mayor o menor intensidad según los meses, trabajan al completo
las juntas de gobierno de las hermandades. El reparto de las
papeletas de sitio, es decir la asignación de cargos e insignias
de la corporación en el cortejo a hermanos nazarenos y el perfecto
acoplamiento de los hermanos portadores bajo los varales de los
tronos son funciones ritualizadas y concienzudamente regladas desde
el conocimiento que aportan siglos de experiencia y tradición.
Asi mismo el mantenimiento de túnicas, enseres y tronos en cuanto
concierne a su limpieza y conservación es una labor ingrata y
repetitiva cuya omisión durante el año restaría brillantez a la
comitiva en la calle. Aspectos no menos importantes son los
relativos a la contratación de nuevos enseres en los talleres
artísticos, el control de calidad de las obras al que los cofrades
personalmente someten éstas durante su elaboración y la contratación
de cuerpos de acólitos, bandas de música y personal auxiliar para la
procesión. Si a todo ello se une la actividad propia de la
administración y búsqueda de recursos económicos para la corporación,
la celebración periódica de cabildos o asambleas de hermanos, la
consagración de cultos en los templos, la prestación de servicios
sociales a necesitados o la realización de actos formativos,
culturales y pastorales, se podrá comprender sin dificultad cuán
vertiginosa es la vida cotidiana de los cofrades durante el año
aproximado que separa una salida procesional de la siguiente.
Cofrades que, además, por cierto, logran atender a sus familias y
profesiones particulares.
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