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  2.6. Nazarenos, acólitos y músicos
Labor de artistas Hombres de trono, pies para Dios   11 de 83    Málaga capital Índice
Acólitos de la Hdad. de Las Penas

Dos son las partes fundamentales e inseparables que en cualquier lugar del mundo, con mínimas variantes, constituyen una procesión de Semana Santa: cortejo de penitentes y pasos con las imágenes sagradas. Los malagueños, desde el siglo XVI, han realizado su peculiar lectura de esa fórmula básica enriqueciendo los dos elementos básicos y añadiendo otros complementarios.

Pero, antes de conocer las singularidades de las procesiones malacitanas, quizá convenga detenerse a considerar qué es, litúrgicamente hablando, una procesión: cómo se define, qué la caracteriza, qué significa, para qué sirve una procesión...

El antiguo Código de Derecho Canónico, en su canon 1.290, nos aporta una definición concreta según la cual, "bajo la denominación de sagradas procesiones se da a entender las solemnes rogativas que el pueblo fiel hace, conducido por el clero, yendo de un lugar sagrado a otro lugar sagrado para excitar la devoción de los fieles, para conmemorar los beneficios de Dios y darle gracias por ellos o para implorar su auxilio divino".

Batidores de la Guardia Civil

Hoy, tras la reforma del Código operada en 1983, la interpretación ha flexibilizado el concepto estimando que el cortejo puede salir de un lugar sagrado para ir a otro o bien simplemente regresar al mismo.

Por otro lado, las procesiones de Semana Santa encuentran su génesis en las estaciones ("statios") verificadas desde antiguo por los sumos pontífices en Roma cada Viernes Santo. De ahí el término "estaciones de penitencia", litúrgicamente más exacto, con el que algunas cofradías denominan a sus procesiones semanasanteras.

Desde el punto de vista catequético y pastoral, las procesiones de Semana Santa siempre han servido y siguen sirviendo para enseñar plásticamente al pueblo espectador los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesús y para ejercitar la penitencia públicamente los cofrades. Todo ello recorriendo un itinerario previsto en el que, simbólicamente, el templo mayor de la ciudad, la Catedral, representa la Casa del Padre hacia la que la cofradía, el pueblo de Dios, se dirige como Iglesia peregrina y caminante. Por eso, hasta el siglo XIX para todas las cofradías y ya en el XX sólo para algunas, el momento culminante de la procesión es la estación en la Catedral.

Lo narrado sirve para comprender por qué los cofrades, hoy tan sólo encapuchados y otrora disciplinantes que se azotaban las espaldas, reciben el nombre de "penitentes", si bien conviene precisar que la también denominación de "nazarenos" procede de Sevilla, concretamente de la popularmente llamada hermandad de "El Silencio", archicofradía fundada en 1340, a la que se tiene por madre y maestra de todas las corporaciones penitenciales andaluzas, y cuya imagen de Cristo posee la advocación de Jesús Nazareno.

Bocina de las Cofradías Fusionadas

La imitación de cargar con la cruz a cuestas que en el siglo XIV realizaban los penitentes de esta corporación produjo que el pueblo los denominara como "nazarenos", expresión que andando el tiempo se extrapoló a toda España.

En Málaga, donde las cofradías realizan estaciones de penitencia desde el siglo XV, el esquema de procesión descrito se ha mantenido si bien con algunas aportaciones propias, frutos muchas veces de las circunstancias de los tiempos. Así, en centurias pretéritas, ante la relativa falta de hermanos que se disciplinaran o portaran los cirios, producida por las epidemias y otros factores externos, las hermandades recurrieron a la contratación de personas para tales fines. Eran los "alquilados". Ello provocó que los cofrades se distinguieran en los cortejos de los "alquilados" mediante la vestimenta de las túnicas, lo que explica que hoy, cuando esa situación resulta impensable, todavía en algunas hermandades los cargos de la procesión, los "mayordomos", y los portadores de insignias vistan capas y escapularios de los que carecen los penitentes de cirio.

Banda de música de Gibraljaire

Otro de los componentes básicos del cortejo son el preste, el sacerdote que ha de acompañar a la procesión revestido de capa pluvial, y el cuerpo de acólitos. La figura del preste, quizá por la escasez de sacerdotes y en parte por la comodidad de algunos párrocos, tiende a desaparecer. Litúrgicamente ordenada su presencia, su lugar en el cortejo debe ser el postrero, tras del último paso, ostentando la verdadera presidencia de la comitiva, según prescriben también las normas eclesiásticas.

Por su parte, los cuerpos de acólitos, cuyos componentes portan ciriales e incensarios, se inscriben dentro de lo que podría llamarse el séquito propio de los pasos, ya que su presencia obedece a que, históricamente, cuando los tronos eran simples andas de pequeño tamaño, los acólitos con ciriales marchaban en las esquinas del paso para alumbrar a la imagen, en tanto que los acólitos portadores del incienso iban como hoy delante de las imágenes en señal de respeto y veneración. Por ello, el lugar en que se sitúan los acólitos es el inmediatamente precedente a los tronos.

Destacado papel en las procesiones es el jugado por los músicos. Hasta la creación de las bandas de cornetas y tambores y de música a fines del siglo XIX, el acompañamiento musical de las procesiones penitenciales se reducía a grupos de timbales, "capillas musicales" formadas por instrumentos de viento y de madera, y las llamadas "trompetas de lamento".

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