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  2.7. Hombres de trono, pies para Dios
Nazarenos, acólitos y músicos Símbolos de Historia   12 de 83    Málaga capital Índice
Hombres en el interior de una mesa de trono

Es el andar de nuestros pasos en la calle, su cadencia y su ritmo, su vaivén y su mecida, lo que aporta latido propio y humaniza a las imágenes sagradas. Pero ese andar tan característico y tan solemne de nuestros tronos no se produce por sí solo, sino que encuentra razón y motivo en el esfuerzo sacrificado de los hombres que portan las andas, los "hombres de trono", quienes se erigen así en verdaderos pies de Cristo y su Madre.

Antaño, hasta la década de los años setenta de nuestro siglo, tales hombres de trono no eran hermanos de las cofradías, sino individuos contratados específicamente para tal fin por las hermandades entre los cargadores de los muelles y los mozos de las Reales Atarazanas. Cobraban apenas unas monedas y se agrupaban en cuadrillas seleccionadas por los capataces, jefes y líderes del gremio y verdaderos timoneles de esos galeones andantes que son los tronos.

Portadores de la Virgen del Amparo

La soldada de los hombres de trono, como quedó dicho, era exigua, casi simbólica a veces, por lo que aquellas cuadrillas, hoy a punto de extinguirse definitivamente, trabajaban bajo los varales mediante los que se levantan los pasos por verdadera afición. Tan afición y no otra cosa era aquel "apuntarse para llevar los tronos", que, hasta los años sesenta, durante el año, en cualquier época, se podía encontrar a capataces y hombres de trono en determinadas tabernas charlando de cofradías, de mesas de trono, de varales, de los pasos que "daban más leña"... de Semana Santa.

La voz cantante entre los hombres de trono la llevaban los capataces. Ellos eran los maestros indiscutidos y los que decidían quién entraba y quién salía de sus cuadrillas. Ellos pactaban precio con las directivos de las hermandades y, sobre todo, ellos eran (algunos todavía lo son hoy) quienes dirigían las complejas y a veces arriesgadas maniobras de los tronos en las calles.

Hombres de trono de La Salud

Los "mayordomos de trono", cofrades siempre importantes en sus respectivas hermandades, tocan las campanas, suben y bajan las andas, pero quienes de veras guían los pasos de Jesús y María eran y son los capataces. Los capataces, aquellos capataces de antaño, hombres bravíos con su gente, pero dulces a la hora de mecer una Virgen bajo un palio o de respetar el sueño lánguido de un Cristo dormido en la cruz.

No ha mucho, apenas veinte años, el mundo de los hombres de trono entró en crisis. Hubo dificultades allá por 1967 y 68 con algunas cuadrillas. No se encontraban suficientes hombres de garantías y las cuadrillas se completaban como se podía. Fue entonces cuando la juventud de las cofradías decidió dar un paso al frente e incorporarse a los varales. Fue una revolución cofrade. Los propios hermanos empezaron a portar los tronos y las hermandades en muy pocos años pasaron de tener que pagar a hombres por transportar las andas a cobrar un donativo a los jóvenes que querían hacerlo.

Trono del Nazareno de la Salutación

Con la intención de diferenciar a unos de otros, se hizo caer en desuso el término hombre de trono y se acuñó el de "hermano portador". Se alargaron varales en muchos tronos y la mujer fue incorporada a las filas de penitentes merced al hueco que los varones dejaron al pasar éstos a los varales. Así se fraguó la Semana Santa actual en la que la mayor parte de los capataces son miembros de las juntas de gobierno de las cofradías y en la que, no obstante, todavía los tronos más pesados cuentan bajo las estructuras de sus mesas con cuadrillas profesionales de refuerzo.

Hay quienes dicen que los tronos hoy se llevan mejor y no faltan quienes opinan lo contrario. Lo cierto, aunque se hayan perdido pasos tan característicos de la Semana Santa malacitana como el llamado "la carrerilla", sea como fuere, es que el esfuerzo preciso para mecer los tronos durante horas sigue siendo mucho, muchísimo. Tanto como el amor y la devoción que son imprescindibles para realizar tal esfuerzo. Tanto como el orgullo de saberse sístole y diástole del latido de nuestra Semana Santa.

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