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| 2.7. Hombres de trono, pies para Dios |
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Es el andar de nuestros pasos en la calle, su cadencia
y su ritmo, su vaivén y su mecida, lo que aporta latido propio y
humaniza a las imágenes sagradas. Pero ese andar tan característico
y tan solemne de nuestros tronos no se produce por sí solo, sino que
encuentra razón y motivo en el esfuerzo sacrificado de los hombres
que portan las andas, los "hombres de trono", quienes se
erigen así en verdaderos pies de Cristo y su Madre.
Antaño, hasta la década de los años setenta de nuestro
siglo, tales hombres de trono no eran hermanos de las cofradías,
sino individuos contratados específicamente para tal fin por las
hermandades entre los cargadores de los muelles y los mozos de las
Reales Atarazanas. Cobraban apenas unas monedas y se agrupaban en
cuadrillas seleccionadas por los capataces, jefes y líderes del
gremio y verdaderos timoneles de esos galeones andantes que son los
tronos.
La soldada de los hombres de trono, como quedó dicho,
era exigua, casi simbólica a veces, por lo que aquellas cuadrillas,
hoy a punto de extinguirse definitivamente, trabajaban bajo los
varales mediante los que se levantan los pasos por verdadera
afición. Tan afición y no otra cosa era aquel "apuntarse
para llevar los tronos", que, hasta los años sesenta, durante
el año, en cualquier época, se podía encontrar a capataces y hombres
de trono en determinadas tabernas charlando de cofradías, de mesas
de trono, de varales, de los pasos que "daban más leña"...
de Semana Santa.
La voz cantante entre los hombres de trono la llevaban
los capataces. Ellos eran los maestros indiscutidos y los que
decidían quién entraba y quién salía de sus cuadrillas. Ellos
pactaban precio con las directivos de las hermandades y, sobre todo,
ellos eran (algunos todavía lo son hoy) quienes dirigían las
complejas y a veces arriesgadas maniobras de los tronos en las
calles.
Los "mayordomos de trono", cofrades siempre
importantes en sus respectivas hermandades, tocan las campanas,
suben y bajan las andas, pero quienes de veras guían los pasos de
Jesús y María eran y son los capataces. Los capataces, aquellos
capataces de antaño, hombres bravíos con su gente, pero dulces a
la hora de mecer una Virgen bajo un palio o de respetar el sueño
lánguido de un Cristo dormido en la cruz.
No ha mucho, apenas veinte años, el mundo de los
hombres de trono entró en crisis. Hubo dificultades allá por 1967
y 68 con algunas cuadrillas. No se encontraban suficientes hombres
de garantías y las cuadrillas se completaban como se podía. Fue
entonces cuando la juventud de las cofradías decidió dar un paso
al frente e incorporarse a los varales. Fue una revolución cofrade.
Los propios hermanos empezaron a portar los tronos y las hermandades
en muy pocos años pasaron de tener que pagar a hombres por
transportar las andas a cobrar un donativo a los jóvenes que querían
hacerlo.
Con la intención de diferenciar a unos de otros,
se hizo caer en desuso el término hombre de trono y se acuñó el
de "hermano portador". Se alargaron varales en muchos
tronos y la mujer fue incorporada a las filas de penitentes merced
al hueco que los varones dejaron al pasar éstos a los varales. Así
se fraguó la Semana Santa actual en la que la mayor parte de los
capataces son miembros de las juntas de gobierno de las cofradías y
en la que, no obstante, todavía los tronos más pesados cuentan bajo
las estructuras de sus mesas con cuadrillas profesionales de refuerzo.
Hay quienes dicen que los tronos hoy se llevan mejor y
no faltan quienes opinan lo contrario. Lo cierto, aunque se hayan
perdido pasos tan característicos de la Semana Santa malacitana como
el llamado "la carrerilla", sea como fuere, es que el
esfuerzo preciso para mecer los tronos durante horas sigue siendo
mucho, muchísimo. Tanto como el amor y la devoción que son
imprescindibles para realizar tal esfuerzo. Tanto como el orgullo
de saberse sístole y diástole del latido de nuestra Semana Santa.
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