| 3.2.5. Archidona II |
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Las seis corporaciones nazarenas procesionan en diferentes jornadas a sus
Sagrados Titulares. Comienza con la joven cofradía de la Pollinica la
tarde del Domingo de Ramos. Desde la iglesia de la Victoria saldrá Jesús
a su entrada en Jerusalén y Nuestra Señora de la Victoria, obra ésta
última del imaginero sevillano Dubé de Luque (1986).
El miércoles santo vuelve Archidona a convertirse en Jerusalén
nazarena para ver pasar por sus calles al cortejo fundado en el siglo XVII e
integrado por las imágenes de Jesús orando en el huerto, a Jesús
Preso y a María Santísima del Amparo, todas ellas obras del siglo
XVII. Destaca el ceremonial de la "embajá" del ángel en
la iglesia de la Victoria y su transcurrir por la Plaza Ochavada.
Una auténtica catequesis plástica se erige en torno a la
procesión que protagoniza el Jueves Santo por la tarde la cofradía
de la Santa Cruz de Jerusalén, Nuestro Padre Jesús Nazareno, Santísimo
Cristo de la Expiración y María Santísima del Amor y de la
Sangre. En el primer paso se procesiona alegóricamente la Santa Cruz,
recordando su centenaria vinculación a la de la Vera-Cruz, a continuación
una imagen salida del círculo de Pablo de Rojas (s. XVI) nos presenta a
Jesús en el momento de recibir la cruz, con ropaje tallado y policromado;
el tercer paso recoge el momento de la Expiración estando la Magdalena al
pie de la cruz como testigo, ambas obras son anónimas del siglo XVIII.
Por último cierra el cortejo la dolorosa bajo palio y fechada en el siglo
XVII. Emotivo resulta la bajada por la calle de la Estación dada la
estrechez de la vía.
El viernes Santo por la mañana la Cofradía del Dulcenombre se
convierte en la protagonista de las calles de Archidona. Un amplio corpus
imaginero se nos presenta ante nuestros ojos desde la iglesia de la Victoria. El
primer paso con la imagen del Niño por la Bola, obra del siglo XVIII; a
continuación el Nazareno del Dulce Nombre ayudado por el Cireneo, obra
atribuida al círculo de Mena (s. XVII) y a Pío Mollar (el último),
y el Cristo de la Misericordia (s. XIX), procesionado desde 1994 y que enriquece
el panorama del grupo de Misterio al incorporar bajo los pies del crucificado
las figuras de San Juan, la Virgen y la Magdalena. Cierra el capítulo
imaginero la Virgen de la Paz (anónimo, siglo XVII). Destaca el momento
de las tres "caídas" o la "huía" del
apostolado.
La vespertina jornada del viernes santo, nos trae el impresionante desfile
de la Cofradía de la Humildad. En el primer paso se representa la melancólica
estampa de un Cristo pensativo y sentado sobre una roca tras haber sido azotado;
obra anónima del siglo XVI. Tras él, la desconsolada Madre bajo
palio en su advocación de los Dolores, obra del siglo XVI y que perteneció
a la cofradía de la Soledad. Hacen su estación desde el interior
de la parroquial de Santa Ana y destacan en su cortejo piezas de gran contenido
antropológico e histórico, tales como el Sol, la Cruz del Yermo y
la zumba.
La Archicofradía de Nuestra Señora de la Soledad y Santo
Sepulcro cierra los desfiles penitenciales en la noche del Viernes Santo, si
bien organiza un Vía Crucis el martes santo con la imagen del Cristo de
la Columna, obra manierista atribuida a Pablo de Rojas. De nuevo la iglesia de
Santa Ana se convierte en el marco de salida a este solemne cortejo.
En el primer paso aparece la figura yacente de Jesús, expuesto todo
el año en la cruz pero que es "descendido" por sus hermanos
para colocarlo en la urna procesional que se fecha en 1736. Esta escultura se
debe a las gubias de Diego de Vega (1578), al igual que Nuestra Señora de
la Soledad. Esta última ha sufrido determinadas posturas durante la
procesión, genuflexa ante el Crucificado, sedente a modo de Virgen de las
Angustias para recibir a su Hijo muerto y erguida, tal y como se nos presenta
ahora. En la Plaza Ochavada tiene lugar el dramático encuentro de Madre e
Hijo, mientras el aire se vuelve lamento al oír los ecos del adagio de
Albinoni.El domingo de resurrección cierra el capítulo de jornadas
semanasanteras. La Agrupación de Cofradías organiza el cortejo en
el que participan representaciones de todas las cofradías; solamente los
hermanos horquilleros visten túnicas blancas, que es el color de la
Institución. Pío Mollar talló la imagen en 1931 y con ella
se pone punto y final a los cortejos de una Semana Santa única en su
morfología y universal en su mensaje redentor.
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